Científicos descubren que la sensación de hambre podría fomentar el aprendizaje

La sensación de hambre es altamente desagradable y a muchos nos puede poner de mal humor, pero ahora, recientes investigaciones han mostrado que también sirve para fomentar nuestro aprendizaje. Por ahora, ello solo se ha probado en un modelo animal cuyo estudio se publicó en la revista Nature.

Pero, aunque aún no se ha estudiado en humanos, lo recién descubierto puede sembrar las bases para futuros estudios que nos permitan entender cómo funcionan el hambre y sus trastornos en la mente humana.

 

El equipo responsable de la investigación estuvo compuesto por Janet Berrios, Chia Li, Joseph C. Madara, Alastair S. Garfield, Jennifer S. Steger y Michael J. Krashes. Todos dirigidos por Bradford B. Lowell, quien pertenece a la División de Endocrinología en el BIDMC (Beth Israel Deaconess Medical Center).

Hambre en el cerebro

Estudios anteriores han descubierto las redes en el cerebro relacionadas con la sensación de hambre en los ratones. No obstante, no se había identificado aún exactamente qué parte de ella generaba el impulso que obligaba a los ratones a buscar comida.

Ahora, la nueva investigación, centrada en las neuronas del hambre AgRP, ubicadas en el hipotálamo del cerebro, nos da un vistazo más profundo a tales redes. Algo que no solo nos permite entender cómo se manifiesta el hambre, sino también por qué su activación puede fomentar el aprendizaje de ciertas conductas y/o patrones.

Utilizando este modelo, nosotros y otros descubrimos hace algún tiempo que estas neuronas se activan con el ayuno, lo que provoca hambre, y que activarlas artificialmente en un ratón recién alimentado que de otro modo no comería, provoca que se ingieran grandes cantidades de comida, como si el ratón no hubiera comido en días “, añadió Berrios, becaria postdoctoral en BIDMC.

El hambre puede potenciar el aprendizaje de tareas específicas

El estudio básicamente comprobó que el ayuno activaba las neuronas AgRP y que sus señales solo cesaban una vez el cerebro consideraba que su hambre había sido saciada. Ahora, dicha idea podía generarse de dos formas: ingiriendo alimentos, o siendo expuestos a un estímulo que se asociara con el consumo de comida.

En el segundo caso, la “saciedad” era solo momentánea, pero hizo presencia lo suficiente como para poder entender que los ratones aprenden a asimilar ciertos estímulos con la sensación de “estar llenos”. Pero mucho de ello cambió cuando se inhibieron las redes neuronales que contenían AgRP.

Ratón saciando su hambre..
Vía Piqsels.

En esos casos, la respuesta de los roedores a la comida y los estímulos asociados a ella fue mucho menor. Ello incluso luego de pasar por periodos de privación de alimentos. Asimismo, los ratones que no tenían las AgRP activas aprendieron más lento. Es decir, se demoraron más en entender la relación existente entre un estímulo determinado y la sensación de saciedad.

En otras palabras, la presencia del hambre, impulsada por AgRP, es una de las encargadas de fomentar el aprendizaje en los ratones. Ello al menos cuando dicha asimilación de conocimientos va de la mano con la obtención de comida para saciar el apetito.

Así que, en resumen, parece que comemos y bebemos porque hemos aprendido que esto reduce la actividad de estos neuronas de privación y, por lo tanto, los malos sentimientos relacionados”, comentó Lowell.

Una respuesta largamente esperada

Según el líder del estudio, la presente investigación podría ser clave para que entendamos trastornos de alimentación humanos como la obesidad o la anorexia nerviosa. Todo ya que podemos aprender exactamente qué mecanismos promueven el hambre y cómo terminamos asimilando patrones que nos prometen una “recompensa”: como el sentimiento de saciedad.

Una implicación obvia de esta idea es que explica por qué hacer dieta es tan difícil: las personas que hacen dieta están perpetuamente atrapadas con este sentimiento de aversión”, añadió Lowell.

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